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El Ala de Alta Gracia

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Monumento Mausoleo de Myriam Stefford

La tarde del 26 de agosto de 1931, la Argentina se enteraba que la aviadora Myriam Stefford, esposa del escritor Raúl Barón Biza, y su instructor, Ludwig Fuchs, piloto alemán de la Primera Guerra, acababan de matarse en un accidente aéreo en San Juan, tratando de cumplir la hazaña de unir catorce provincias en un avión biplaza.

Habían partido del aeródromo de Morón el 18 de agosto, en un biplaza alemán llamado Chingolo. El plan era cubrir 4.100 kilómetros en cuatro días. Pero inconvenientes técnicos y meteorológicos obligaron a un aterrizaje forzoso donde chocaron contra un alambrado dejando el avión averiado en Los Cerrillos, Salta.
Días después siguieron viaje con el Chingolo II, muy parecido al Chingolo, que les prestó otro piloto con la intermediación de Barón Biza, y con el que finalmente iban a matarse estrellándose en Mirayes, Provincia de San Juan.

Los cuerpos fueron trasladados en tren hasta Buenos Aires y velados, a cajón cerrado, en el Centro de Aviación Civil. Al día siguiente, los féretros llegaron al cementerio de la Recoleta, en medio de una multitud. El de Stefford, cubierto de orquídeas, fue depositado en el panteón de la familia Barón Biza: iba a estar ahí durante cuatro años.

Convencido de que la muerte joven fijaba a Stefford en su belleza eterna, su viudo quiso dejar también testimonios materiales, arquitectónicos, que la homenajearan.

En 1935 le encargó al ingeniero Fausto Newton que levantara un mausoleo con forma de ala de avión, vertical, en Paraje Los Cerrillos, mitad de camino entre Córdoba y Alta Gracia. La construcción, a manos de unos cien obreros polacos y argentinos, comenzó el 26 de agosto de 1935, en el cuarto aniversario de la tragedia. El monumento estuvo listo un año después: fue inaugurado el 30 de agosto de 1936.

De 82 metros de altura y 15 de cimentación, supera al Obelisco porteño. En una cripta, a seis metros de profundidad, fue alojado el féretro de Stefford, y más abajo, entre los cimientos, una caja de acero con joyas de ella con un diamante de 45 quilates, supuestaente, llamado Cruz del Sur, que Barón Biza le había regalado en un viaje a Venecia.

 

El sepulcro estaba rodeado por cariátides. En una lápida de mármol negro se leía: “Maldito sea el que profane esta tumba”. Cerca de la entrada, en una vitrina, el casco de Myriam, un reloj de vuelo y restos del Chingolo II. 
Sobre una de las paredes del frente, una cruz calada en el hormigón deja paso a la luz solar, que proyecta una cruz sobre el ataúd.

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